No “entre civilizaciones”, sino contra la civilización

02/Jul/2015

Semanario Hebreo, Ana Jerozolimski

No “entre civilizaciones”, sino contra la civilización

Cuando en 1993, el profesor de
Ciencias Políticas de la Universidad de Harvard, Samuel Huntington, escribió en
la revista «Foreign Affairs» su famoso artículo sobre el Choque de
las Civilizaciones , vaticinó que los principales conflictos en el mundo serían
entre distintas civilizaciones, de culturas diferentes, con énfasis en gran
medida en las divisiones religiosas. «El choque de civilizaciones dominará
la política global», aseguró.
Cada vez que el terrorismo
fundamentalista islámico golpea desde entonces en algún lugar de Occidente,
cada vez que en países libres muere gente por una bomba colocada por un radical
que cree traer con ello la verdad del Corán al mundo-y muy especialmente desde
los atentados perpetrados por Al Qaeda el 11 de setiembre del 2001 en Estados
Unidos y los que le siguieron luego
otros en España y Londres- parece confirmarse que Huntigton tenía razón.
Sin embargo, más allá de la renuencia
que sentimos a afirmar que es imposible convivir en paz cuando se piensa
diferente o se cree de distintas formas en Dios, hay algo clave a corregir sobre la aplicabilidad del análisis mencionado,
a la situación actual. Si bien es
indudable que los terroristas jihadistas ven en judíos y cristianos a herejes
que no merecen vivir , en la práctica, la
inmensa mayoría de las víctimas cobradas por este terrorismo, son sus
propios correligionarios, los musulmanes.
Aproximadamente el 99% de las
víctimas del terrorismo en los últimos años, han sido ciudadanos del mundo
musulmán. Es más: la mayoría de los atentados en esos lares son cometidos por
musulmanes sunitas contra musulmanes sunitas, aunque claro está que también es
extremadamente violenta la guerra entre sunitas y chiitas.
Hace pocos días, fue publicado en
«La Nación » de Buenos Aires un artículo de Moisés Naim, en el que
incluye datos interesantes arrojados por el Índice de Terrorismo Global elaborado
por el Instituto de Economía y Paz. Señala que en el 2013 murieron
en el mundo murieron casi 18.000 personas en ataques terroristas. Si
bien analiza también el fenómeno de los atentados motivados por racistas y
fanáticos en Estados Unidos, señala claramente que el 82% de estas víctimas se concentró en sólo
cinco países: Irak, Afganistán, Paquistán, Nigeria y Siria.Todos ellos, países
musulmanes. Claro que los responsables eran radicales islamistas.
Naím presenta otros números
ilustrativos . Cuenta que en los últimos 14 años, solamente el 5% de los
asesinatos terroristas ocurrió en los países de la OCDE y que desde el 2000, el 90% de los ataques de terroristas suicidas
tuvo lugar en Medio Oriente, el norte de África y en el sur de Asia (Paquistán
y Afganistán principalmente). «De los 162 países incluidos en el Índice de
Terrorismo Global, Irak ocupa el primer lugar en víctimas y Francia, por
ejemplo, está en el puesto 56», revela.
A nuestro criterio, estos números
echan por la borda los argumentos con los que se trata a veces de entender la
motivación de los terroristas, mientras hay quienes llegan al extremo de
pretender justificarlos: humillación por parte de Occidente, colonialismo,
explotación. Sin un afán de alegar en absoluto que Occidente no ha cometido
errores en sus políticas en el «Tercer Mundo», no podemos aceptar en
absoluto que ni un ápice de los horrores del terrorismo contra civiles
inocentes, se vea justificado por ninguna consideración política.
Si fuera así, millones de ciudadanos
del mundo desesperados por las condiciones que les ha tocado vivir, andarían
atacando por las calles a todo aquel que tiene más o que consideran más
afortunado. Pero eso no sucede. Estas barbaridades las cometen principalmente
los fundamentalistas islámicos , lo cual insistimos en no ver como sinónimo de
los musulmanes todos, sino de los enajenados que dan la peor interpretación
posible a su religión, su libro, y Mahoma, su profeta.
Esto no significa , sin embargo, que
podamos permitirnos minimizar la cruzada que estos fanáticos pueden lanzar
sobre Occidente, en el que también se nutren y al que odian. Los atentados ya
registrados meses atrás en Canadá, luego en París y hace unos días nuevamente
en la capital francesa, muestran que el peligro del jihadismo está adentro , en
Occidente.
Según datos compilados por el
National Counterterrorism Center (NCTC), publicados por el analista israelí Ben
Dror Yemini en su columna en el portal Ynet, la amenaza del terrorismo
jihadista que se acerca a pasos agigantados a Occidente, es cada vez mayor. Hoy
en día, revela, son ya 1200 los reclutados al Estados Islámico en Francia, 600
en Gran Bretaña, 1500 en Rusia, 120 en Estados Unidos , entre otros. Y los
números van en aumento. «Más de 100 musulmanes han abandonado la lejana
Australia para ir a matar musulmanes…y no se ve el horizonte», recalca
el autor.
El problema es que esto echa a andar
un círculo vicioso que se nutre a si mismo. Cada «éxito» del Estado
Islámico, que estos extremistas bien saben destacar en las redes sociales,
incita a otros y alimenta la máquina, por lo cual se les suman numerosos del
propio mundo musulmán. Es un dato
preocupante que el record, tal cual lo plantea Yemini, sea hoy de uno de los
países árabes considerados más moderados y avanzados, Túnez, donde ya se han
reclutado al Estado Islámico más de 3
mil jóvenes. Luego están los 2500 de Arabia Saudita, y Jordania y Marruecos con 1500 cada uno.
Evidentemente, es especialmente
peligroso que amparados en las libertades que da Occidente, haya musulmanes
radicales llegados de antemano como células dormidas, o quienes viven en la
democracia occidental pero se «calientan» la cabeza y radicalizan a
través de las redes, y que desde el
corazón del mundo libre, estén planeando en este preciso instante, dónde y
cuándo salir a matar.
Y lo primero, para defenderse, es
comprender que por más políticamente incorrecto que suene, no se puede justificar ni tratar de entender ni por
un instante la amenaza jihadista. No se
puede permitir a ningún predicador lanzar fuego en sus sermones en aras de la
libertad de expresión. Ni tolerar la violencia y la educación al odio.
El mundo todo debe estar alerta.
Solíamos decir que el terrorismo se opone a los valores del «mundo
libre». Eso es cierto, y aquí estaba la lógica del «choque de
civilizaciones». Pero ahora está claro que el terrorismo jihadista se
opone a todo aquel que no lo abraza y concuerda, también sus propios
correligionarios musulmanes que salen de regímenes opresores para verse sumidos
en una oscuridad aún mayor.
No es simplemente un choque entre
civilizaciones. Es una cruzada terrorista contra la civilización, contra la
humanidad.